Cada 26 de enero, Día Internacional de la Educación Ambiental, se nos invita a reflexionar sobre el cuidado del planeta. Desde mi trabajo en comunidades junto a la Fundación Paraguaya, esa reflexión no se queda en conceptos teóricos: se convierte en acciones concretas que nacen del diagnóstico, la educación y la participación familiar.
El Semáforo de Eliminación de la Pobreza es mucho más que una herramienta de medición. En el territorio, funciona como un proceso educativo que permite a las familias mirarse, analizar su realidad y tomar decisiones informadas para mejorar su calidad de vida. Dentro de ese proceso, el indicador ambiental cumple un rol clave: nos ayuda a identificar prácticas cotidianas vinculadas al uso del agua, la gestión de residuos, la producción de alimentos y el cuidado del entorno.
Cuando una familia identifica un “rojo” o un “amarillo” en su semáforo ambiental, no se trata de señalar un problema, sino de abrir una oportunidad de aprendizaje. A partir de ese diagnóstico, comienzan conversaciones que derivan en pequeñas acciones con gran impacto: huertas familiares, compostaje, uso responsable del agua, reciclaje, cuidado del suelo y producción sostenible adaptada a cada comunidad.
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La educación ambiental que promovemos no ocurre en un aula tradicional. Se aprende haciendo, en la chacra, en el patio de la casa, en la comunidad. La agricultura sostenible es uno de los ejes centrales de este proceso: producir alimentos respetando la tierra, evitando el desperdicio y fortaleciendo la seguridad alimentaria familiar. Estas prácticas no solo cuidan el ambiente, sino que también mejoran la economía del hogar y fortalecen la autonomía.
Uno de los mayores logros del Semáforo es la incorporación de hábitos ambientales desde la educación. Cuando las familias comprenden por qué es importante separar residuos, reutilizar materiales o proteger una fuente de agua, esos hábitos se sostienen en el tiempo y se transmiten a niños y jóvenes. La educación ambiental deja de ser un discurso externo y se convierte en una práctica cotidiana.
El impacto de estas iniciativas se multiplica en las comunidades rurales, donde el vínculo con la naturaleza es directo. A través del trabajo comunitario, las familias intercambian experiencias, replican buenas prácticas y generan soluciones colectivas. Así, el cuidado del ambiente se transforma en una acción compartida que fortalece el tejido social.
Desde la experiencia en territorio, puedo afirmar que no hay educación ambiental efectiva sin participación comunitaria. El Semáforo de Eliminación de la Pobreza permite que las familias sean protagonistas de su propio proceso de cambio, entendiendo que cuidar el ambiente también es cuidar la salud, la alimentación y el futuro de las próximas generaciones.
El cuidado del medio ambiente no es responsabilidad de unos pocos, sino un compromiso que nos involucra a todos. Cada actor social tiene un rol fundamental en la construcción de un futuro sostenible para nuestras comunidades.
En este Día Internacional de la Educación Ambiental, reafirmamos que educar para cuidar es educar para vivir mejor. Cuando la conciencia ambiental nace desde la comunidad y se construye con herramientas prácticas, el cambio es posible, sostenible y transformador.